miércoles, 29 de diciembre de 2021

La buena madre

 Dentro de las cosas que una se llega a plantear cuando va a traer un niñe al mundo, la más recurrente es... ¿seré una buena mamá? 

Reformulo (entendiendo que somos diversas, y quizá no todas nos hacemos tantas preguntas): Una de las cosas que más llegué yo (clase media, profesional, con alguna que otra herramienta y conciencia de lo que estaba haciendo) a preguntarme, fue ¿seré una buena mamá? o mas allá del bien y del mal, que también es muy subjetivo... ¿Qué tipo de mamá llegaría a ser? Así como Simone de Bouvoir decía "no se nace mujer, se llega a serlo", creo que respecto a la maternidad deberíamos formular algo similar... Yo diría... "nadie sabe ser madre, se intuye, se aprende, se construye, y se llega a ser. Y cuando se llega, todas las preguntas cambian y nuevamente no nos sirven las respuestas. Entonces maternar, es un reinventarse continuo, es un aprendizaje diario, y no se llega nunca a ser una "madre absoluta"... simplemente, vamos siendo. 

Pero quiero volver al concepto de "buena madre", que es lo que me trajo a escribir hoy. 

Hagamos el siguiente ejercicio: pensemos en las características de una buena madre. Sin problematizar, solo una lluvia de ideas. Seguramente se nos aparece la imagen de una mujer buena, paciente, tranquila, atenta a las necesidades de su hije (y esposo/compañero, porque, vamos! aun hasta en las mentes mas deconstruidas la imagen de mamá buena sigue apareciendo con un hombre al lado). Una mujer devota a su maternidad, que pone a sus hijes por delante de todo, incluso de sí misma. Una mujer sacrificada, que tiene a sus hijes impecables, felices, con comida calentita y la casa limpia a diario.

Un montón, ¿no?

Pero ¿cómo surge ese ideal de madre? 


martes, 28 de diciembre de 2021

Inicios

Nunca fantaseé demasiado con ser madre. Desde niña, fui aprendiendo de las mujeres de mi familia, la importancia de salir a la vida a ganarme el mundo, para ser una mujer independiente y valiente. Me hicieron creer que iba a poder con todo lo que se me pusiera en frente, que iba a lograr todas las metas que me pusiera en la vida. Hoy puedo decir que en mis cortos veintisiete años, he logrado mucho más de lo que hubiese imaginado.
Pude estudiar lo que quería, trabajar y ser exitosa en lo que me gusta. Qué bien le hacía a mi espíritu (¿o era al ego?), llegar al final del día habiendo trabajado en lo que me apasionaba, en lo que tantas horas de vida había invertido, y siendo reconocida por mis logros. Eso me hizo sentir libertad, aun trabajando muchísimas horas por día, me sentía libre, fuerte e independiente. Pisando firme, parecía que el mundo me abría las puertas y un camino brillante me llevaba hacia los lugares más desafiantes y hermosos que tanto anhelaba.
Pero (o quizá a pesar de) mi vida recorría en esos entonces, también otros caminos. Encuentros y desencuentros con personas que se transformaron en vínculos de todo tipo. Algunos temporales, otros inolvidables, otros para el olvido. Hasta que llegó la persona que sería mi compañera estos últimos años de mi vida. 
Su llegada, al principio tormentosa, no auguraba comer perdices, ni navidades en familia, mucho menos formar nido. Pero lentamente y sin que ninguno de los dos se diera cuenta, fue llevándonos hacia ahí. Fuimos dando pequeños (ahora creo que fueron grandes) pasos, que nos trajeron a donde estamos ahora, compartiendo la vida, la casa y la familia. 
Sin mucha preparación, pero con un montón de amor en el corazón, un día decidimos que estábamos prontos para ser tres. Y recién ahí, empecé a fantasear con la idea de ser mamá, me vi capaz de lograrlo, me vi con fuerza y conciencia para ser una "buena madre" y vi en el un compañero bueno, tranquilo, optimista, alegre y juguetón, que se convertiría seguramente en un "buen padre" para nuestro hijo.
No había llegado a procesar mucho de toda esta fantasía e ilusión, cuando supimos que estaba embarazada. Fue así, rápido, sin mucha vuelta. Quizá las almas estaban listas, los cuerpos deseantes y la conciencia fue tardía. Pero sucedió, de la forma más simple, sin mucho alboroto.
No voy a olvidar nunca el día que lo supe. Fui temblorosa, con la prueba en la mano mientras mi compañero me esperaba en la cocina. Con sensaciones encontradas, sin estar muy segura de qué resultado esperaba ver. Y un par de minutos más tarde, un sutil positivo me anunciaba que mi vida cambiaría para siempre. En ese momento no lo sabía, no a ciencia cierta. Pero algo de mí lo intuyó desde el primer segundo. Amaría a mi hije como a nada en el mundo, pero ¿amaría mi maternidad? ¿Qué sería de la mujer fuerte, valiente, independiente que creía ser? ¿Cómo iba a hacer con todo? ¿Iba a poder? ¿Cómo iba a ser yo, mamá? Demasiadas preguntas. Aun ninguna respuesta. Fui hasta la cocina y él me estaba esperando. En sus ojos brotaron lagrimas de felicidad y un espontáneo y fuerte abrazo que guardo y atesoro en mi corazón. Pero yo no llegaba a sentirme feliz, estaba llena de dudas y miedo. No quise creer que estaba sucediendo, hasta que al otro día me lo confirmó un análisis de laboratorio. 
A partir de ahí, ya sin dudas pero aun con un montón de miedos y preguntas, emprendí el viaje de mi vida. Decidiendo traer al mundo a ese niñe que nos había elegido como padres, siendo portal de vida para un alma que estaba pronta para llegar al mundo, prestando mi cuerpo, mi tiempo, mi vida toda, para portar a esa personita que de a poco crecía dentro de mi.

La buena madre

 Dentro de las cosas que una se llega a plantear cuando va a traer un niñe al mundo, la más recurrente es... ¿seré una buena mamá?  Reformul...